Aunque toda norma tiene sus excepciones y en cuestión de gustos no hay nada definitivo, no podemos olvidarnos de la capacidad digestiva del comensal que hemos invitado a nuestra mesa. Del mismo modo que nadie duda de que a un bebé no se le pueden dar alubias por el mero hecho de que ya sepa tragar papillas, no podemos pretender atragantar a un lector incipiente con la Divina Comedia o El Quijote porque ya sea capaz de descifrar los signos gráficos. Un empacho lingüístico a estas alturas puede provocar una definitiva alergia a las letras.
Kepa Osoro